Restauración de un SEAT 600

Hoy publicamos las imágenes del estado original del SEAT 600, antes de la restauración, del que anteriormente publicamos una entrada con imágenes en el horno, después del proceso de pintado.

Como podéis ver en las imágenes de detalle de abajo, el deterioro de la carrocería, golpes, ralladuras, desconchones de pintura, oxido, corrosión… es considerable. Nada nuevo, para los restauradores de coches, viejos o de desguace que nos dedicamos a esto.

El reto es curar esas heridas que nos habla de su historia y de las de sus propietarios. De los años buenos, recién comprado, con la ilusión del, ¡quizá!, primer coche. De los años corridos en aquellas carreteras infernales de los 60 y 70 que se dirigían a la costa o al pueblo, interminables de un solo carril llenas de baches y de camiones.

Según se hacían kilómetros y pasaban los años aquel pobre 600 se iba llenando de maletas y de hijos pero también de ralladuras, golpes y desconchones de pintura, manchas de vómito, comida y de alguna Mirinda derramada en la moqueta, ajada por el desgaste y agujereada por alguna pava encendida de cigarro que cayó, inadvertidamente, en el asiento impregnado de olor a humo de tabaco y de los gases del motor.

Ya no era el flamante «primer coche» sino una tartana desvencijada que aún así tuvo varios dueños más mientras seguía «adornando» de manchas y agujeros la tapicería y de óxido, golpes, arañazos y corrosión la vieja carrocería.

Y un día aparcó en un descampado a la intemperie y no se volvió a mover. Vio pasar los años, otros tantos como los que había servido. Fue columpio de niños, dormitorio de vagabundos, narcosala de heroinómanos y hasta picadero de desesperados y a sus cincuentaitantos, alguien se fijo en el… y se compadeció.

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